Visita de AMLO a la Casa Blanca

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Antes de partir a Estados Unidos para su primera visita de Estado, Andrés Manuel López Obrador, el incendiario presidente de México conocido por reñir a sus adversarios en interminables peroratas, hizo una sorprendente promesa a su pueblo.

Prometió ser fuerte y no avergonzar a México en su primer viaje al extranjero para encontrarse con el presidente Donald Trump, un hombre al que muchos mexicanos ven como el principal antagonista de su nación.

“Voy representándoles y no tengan la menor duda: lo voy a hacer como ustedes lo merecen, con decoro y mucha dignidad”, dijo.

Fue una declaración excepcional para López Obrador, cuyas formas incorregibles han sido su sello distintivo desde que asumió el cargo en 2018 como una avalancha y barrió ambas cámaras del Congreso.

Pero muchos mexicanos se han enojado con su decisión de reunirse con Trump, especialmente dada la constante disposición de López Obrador de someterse a la voluntad del presidente estadounidense, y ante la posibilidad de que Trump les recuerde alegremente a los votantes estadounidenses esa relación desigual durante la reunión.

En lugar de luchar contra Trump y arriesgarse a las consecuencias económicas, López Obrador ha permitido en repetidas ocasiones que Estados Unidos dicte grandes concesiones sobre migración y obligue a México a asumir gran parte de la carga de evitar que las personas crucen la frontera.

La visita de López Obrador tiene el propósito oficial de celebrar el nuevo acuerdo comercial entre Estados Unidos, Canadá y México, que entró en vigencia este mes. Pero las apariencias para el presidente de México son aún peores porque el primer ministro de Canadá y rival de Trump, Justin Trudeau, ha decidido no acudir, y citó conflictos de agenda.

La animosidad entre los mexicanos y Trump es profunda. El presidente estadounidense prácticamente lanzó su campaña con ataques contra México, y prácticamente no se ha detenido desde entonces. Algunos mexicanos temen que simplemente usará a López Obrador para reforzar su posición antes de las elecciones de noviembre, mientras humilla a la nación una vez más, bajo el pretexto de celebrar el comercio.

Y tienen buenas razones para sospechar. Trump ha intimidado y acosado al gobierno mexicano con amenazas públicas, incluida la posibilidad de imponer aranceles amplios o incluso el cierre de la frontera entre México y Estados Unidos. México, consciente del impacto desproporcionado que tendría una relación tensa en su economía, en gran medida ha sido conciliador.

Para Trump, el viaje ofrece una bienvenida distracción de las crecientes infecciones por coronavirus en Estados Unidos y las protestas masivas por la violencia policial. Al enfocarse en el pacto comercial, a veces denominado TLCAN 2.0, la reunión le permitirá a Trump hablar sobre una economía estadounidense cuya restauración el mandatario ha convertido en un tema central de campaña.

Es probable que Trump también plantee otro tema definitorio para su campaña: la inmigración. El presidente considera que el progreso de un muro fronterizo del sur y una fuerte caída en la inmigración son vitales para complacer a su base electoral. López Obrador, bajo la presión casi constante de Trump, ha sido fundamental en hacer que esa caída sea una realidad.

Trump disfruta de “una increíble cantidad de ventaja” sobre López Obrador, dijo Juan S. Gonzalez, exsubsecretario de Estado adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental en el gobierno de Barack Obama. “Los mexicanos han estado cumpliendo las órdenes de Trump sobre inmigración”, agregó Gonzalez, quien asesora a la campaña del rival demócrata de Trump en 2020, el exvicepresidente Joe Biden.

Trump también puede percibir un beneficio potencial para su posición frente a los votantes latinos, el 28 por ciento de los cuales lo apoyaron en 2016 a pesar de su feroz postura contra la inmigración. El jueves, Trump tiene previsto participar en una mesa redonda con líderes hispanos.

Lo que está menos claro es el beneficio para México.

Los funcionarios mexicanos dicen que el motivo de la visita es simple. La firma de un nuevo acuerdo comercial, especialmente cuando su economía enfrenta la mayor recesión en un siglo, es histórica y merece reconocimiento, sin importar el momento, e incluso si muchos analistas esperan que el acuerdo tenga un impacto modesto en el crecimiento económico.

Pero desde casi su primer momento en el cargo, López Obrador le dijo a su equipo que no habría peleas con Trump o el gobierno de Estados Unidos. No podrían permitirse batallas costosas y lesivas, y no podían ganarlas de todos modos.

Esa ventaja sobre México ha llegado a definir la relación, y ha frustrado a muchos en México, incluidas personas dentro del gobierno.

Dadas las posibilidades limitadas, López Obrador ha seguido principalmente la agenda de la Casa Blanca, en especial en materia de inmigración, aunque en muchos casos sus acciones contrastan con su imagen de hombre de pueblo y benefactor de los desposeídos.

Para aplacar la ira de Trump, México se ha transformado en una de las herramientas más poderosas de Estados Unidos para detener la migración.

El primer cambio importante en la política fue la aceptación de México de los Protocolos de Protección a Migrantes, una política que permite a Estados Unidos enviar a los migrantes que buscan asilo de regreso a México mientras esperan sus audiencias.

Más tarde, para evitar los aranceles destructivos con los que amenazaba Trump, México desplegó una nueva fuerza de seguridad, la Guardia Nacional, para vigilar sus fronteras y evitar que los migrantes ingresaran al país. Esa concesión alejó a las fuerzas de la misión para las que fueron creadas: luchar contra la espiral de violencia que envuelve a la nación.

Pero aunque las concesiones de López Obrador ayudaron a cambiar drásticamente décadas de la política de asilo establecida, pagó un precio bajo en las encuestas. Sus astronómicos índices de aprobación en ese momento —alrededor del 70 por ciento, o más— apenas se movieron.

López Obrador ha demostrado un notable talento para leer al electorado mexicano y para tomar decisiones que, si bien molestan a la clase intelectual, han hecho poco para reducir su apoyo público general.

Incluso hoy, con el aumento de las infecciones por coronavirus y el número de muertes aproximadamente cinco veces más alto que las estimaciones iniciales del gobierno, todavía disfruta de índices de aprobación de casi el 60 por ciento, según un promedio de varias encuestas recientemente publicadas.

“El mexicano promedio solo está interesado en poner comida en la mesa, por lo que esta visita es lo último que preocupa a los partidarios de López Obrador”, dijo sobre la reunión Iliana Rodríguez, profesora de Relaciones Internacionales en la Escuela de Gobierno del Tec de Monterrey.

López Obrador ha dejado en claro que su enfoque principal es la política doméstica. Apaciguar a Trump significa que es menos probable que el presidente de Estados Unidos interfiera en asuntos internos o castigue a México con medidas económicas como aranceles.

“López Obrador apostó a una estrategia de distensión y al alivio de las tensiones con nuestro mayor socio comercial y el país más poderoso del mundo”, dijo Jorge Volpi, novelista y columnista mexicano.

“Como jefe de Estado, esa postura era correcta”, agregó Volpi. “Pero eso no significaba que fuera la decisión correcta capitular ante todas las presiones y llegar al punto de humillación que México y los mexicanos han sufrido durante la presidencia de Trump”.

Otros cuestionan la ventaja de intentar ganar el favor de Trump. Cuando el expresidente de México Enrique Peña Nieto invitó a Trump a visitarlo durante la campaña estadounidense, le ganó pocos favores en la Casa Blanca y desató la ira de mexicanos de todas las tendencias políticas.

Del mismo modo, después de presionar a México para que acepte a los solicitantes de asilo estadounidense dentro de sus fronteras, Trump amenazó con aumentar los aranceles si la nación no hacía nada más para frenar la inmigración a través de su territorio.

“La idea de que de alguna manera lo mantiene a raya o gana favores al convertirse en su peón político, nada indica que eso sea cierto”, dijo Dan Restrepo exasesor de seguridad nacional para América Latina del expresidente Obama.

A medida que se acerca su postulación para reelegirse, Trump ha renovado su enfoque de tomar medidas enérgicas contra la inmigración, principalmente a través de la frontera sur. El mes pasado, Trump viajó a Arizona, un estado asediado por el virus, para examinar la construcción de un nuevo tramo del muro fronterizo por el que ha luchado con el Congreso para financiarlo, con resultados limitados.

También se espera que haga un nuevo esfuerzo para poner fin a un programa que protege a los jóvenes inmigrantes conocidos como “dreamers” de la deportación, después de que un fallo de la Corte Suprema en junio anuló su anterior intento de acabar con la iniciativa del expresidente Barack Obama.

Doce miembros demócratas del Caucus Hispano del Congreso enviaron una carta al presidente Trump la semana pasada en la que denuncian la reunión como un esfuerzo de distracción ante el coronavirus y —debido a que el Congreso está fuera de sesión, lo que deja a los miembros demócratas imposibilitados de ver al líder mexicano— “un intento descarado de politizar la importante relación entre Estados Unidos y México sobre líneas partidistas”.

Llama la atención que López Obrador no buscó reunirse con Biden, el virtual candidato del Partido Demócrata. Gonzalez, quien asesora la campaña de Biden, dijo que el exvicepresidente está “al tanto de la visita” pero no le preocupa que afecte las elecciones de noviembre.

Paulina Villegas colaboró con reportería.

Azam Ahmed es el jefe de la corresponsalía para México, América Central y el Caribe, donde ha trabajado en proyectos que examinan la corrupción y el uso ilegal de software espía por parte del gobierno en México y la crisis de homicidios en América Latina. Antes fue jefe del buró en Afganistán. @azamsahmed

Michael Crowley es corresponsal en la Casa Blanca y cubre la política exterior del presidente Trump. Se unió al Times en 2019 desde Politico, donde fue editor de la Casa Blanca y de seguridad nacional, y corresponsal de asuntos exteriores. @michaelcrowley






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